El eco de las voces de más de cien niños inundaba el patio color rojo y blanco, la bandera estaba lista para ser izada, fue ahí y entonces cuando lo vi. Venía tambaleándose en unas manos más grandes que las mías, envuelto en papel color ceniza con un moño violeta torpemente abrochado.
“Feliz Primer Grado, Hija” y el paquete me fue entregado.
(Había pedido una mochila de Barbie de regalo, o en su defecto cualquiera de sus derivados, pero el envoltorio sugería algo más pequeño y plano)
Arranqué ansiosa el papel plateado (deseando que fuera, por lo menos, un conjunto de ropita para mi amiga de plástico) pero ni bien mis ojos hicieron contacto supe que se trataba de otra cosa. Ahí estaba, inmóvil, el libro, esperando ser explorado. Ahí estaban las letras, grandes, intimidantes, eran muchas. Recorrí las páginas esperando encontrar dibujos, colores, brillos: no había nada de lo que buscaba. Sólo miles de formitas negras, amontonadas unas al lado de otras. (Algo de esto había escuchado y visto en mi casa. Así son los libros para grandes, pensé, muy aburridos. Era la época en que todavía creía que una imagen vale más que mil palabras)
“Algún día me lo vas a agradecer” dijo Mamá y, después de darme un beso en la frente, se alejó para perderse entre los otros padres.
Me dejó ahí, sosteniendo una cosa que alguien llamó libro mucho antes de estar en mis manos. La tapa era más larga que mis dedos. Y ahora qué hago con esto?, pensé, y una voz adentro mío me dio la respuesta, tan fácil pero tan difícil: Leé.
Y la de ustedes? Cómo fue?

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